Pongamos todo en perspectiva // Carlos Villalobos
Pareciera ser que la ultraderecha en el mundo entendió algo mucho antes que la clase política tradicional: hoy en día, ya no hace falta conquistar el poder para transformar una sociedad, ya que solo basta con conquistar el algoritmo. Por eso vale la pena mirar con lupa un fenómeno que, a primera vista, parece inofensivo. Videos de pan de masa madre recién horneado, vestidos de lino floreados, cocinas impecables y mujeres que aseguran haber encontrado la plenitud absoluta dedicándose en cuerpo y alma al hogar. El fenómeno tradwife (esposa tradicional) aterrizó en nuestros feeds envuelto en una estética curada, casi nostálgica. De manera ingenua al principio parecía una conversación más sobre estilos de vida en la era del cansancio crónico, sin embargo, pronto reveló sus intenciones.
El problema de fondo nunca ha sido que una mujer decida quedarse en casa, ya que esa es una decisión que existe, completamente legítima y forma parte de las libertades que se han defendido durante décadas. El quiebre ocurre cuando esa decisión deja de presentarse como una opción personal y comienza a empaquetarse como la única forma correcta (y moralmente superior) de vivir.
En Estados Unidos la mutación ya es evidente, en el último tiempo las figuras más influyentes de este movimiento no solo promueven los llamados “roles tradicionales”, sino que ya respaldan aberraciones democráticas como el “household voting”, una propuesta que sugiere que el derecho al voto debería concentrarse en el “jefe del hogar” (spoiler: el hombre). Lo que hace un par de años habría sonado a una ocurrencia marginal y ridícula, hoy se debate en conferencias conservadoras, se viraliza en TikTok y acumula millones de reproducciones.
Lo verdaderamente preocupante es que esta conversación ya cruzó nuestra frontera, ya que en México empezamos a ver influencers replicando estos discursos como fotocopia. Hablan de que las mujeres “recuperen su energía femenina”, romantizan el abandono de la vida profesional y, de a poco, empiezan a mover la ventana de Overton para normalizar ideas impensables. Cuestionar el sufragio femenino o coquetear con el “voto por hogar” ya no es un tabú, es “generar debate” y no, no es casualidad.
Lo brillante y perverso del asunto es que casi nunca hablan de política, comienzan hablando de recetas, de crianza, de decoración y de orden, mientras que el discurso y la ideología política entran por la puerta de atrás, justo cuando la audiencia ya generó una relación parasocial y confía ciegamente en quien sostiene el discurso.
Es una estrategia infinitamente más sofisticada que la propaganda tradicional, ya que nadie abre un video diciendo que quiere recortar tus derechos civiles. Primero construyen cercanía; después, identidad; y al final, te inyectan la agenda, que puede terminar en retrocesos gravísimos.
Las plataformas son cómplices perfectas porque premian la recompensa emocional por encima de la complejidad argumentativa. Un video de treinta segundos con luz cálida genera mucha más tracción que un ensayo sobre historia constitucional. Así, ideas profundamente reaccionarias se pasean por internet disfrazadas de tips de bienestar.
Por eso, reducir la discusión a “cancelar” a un influencer en particular es no entender nada, debido a que el fenómeno es mucho más grande y peligroso: es una nueva forma de disputar el sentido común. Hace nada, la conversación pública giraba en torno a cómo ampliar derechos; hoy, un sector intenta convencernos de que renunciar a ellos es la verdadera libertad.
Lo peor de todo es que el método de convencimiento es mediante aspiraciones, mientras que el algoritmo entiende que rara vez cambiamos de opinión por un debate lógico; cambiamos por sentido de pertenencia.
La historia nos ha enseñado que los retrocesos democráticos casi nunca llegan dando portazos ni anunciándose como tiranías. Llegan envueltos en palabras amables: tradición, orden, familia. Conceptos que se vuelven armas políticas cuando se usan para justificar relaciones de subordinación o para restringir derechos previamente conquistados.
Es fundamental mirar más allá del filtro aesthetic, no estamos frente a una moda pasajera de internet. Estamos siendo testigos de cómo una parte de la ultraderecha internacional encontró la vía más barata y eficaz para expandirse. Ya no necesitan grandes liderazgos ni gastar millones en campañas tradicionales, les basta con un algoritmo capaz de recomendar el siguiente video.
Hoy las democracias ya no solo se defienden en las urnas o en los congresos, también se defienden en aquello que decidimos normalizar cada que hacemos scroll.
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