Por Víctor Octavio García
Mis tiempos
* El Jeep del “Vidorria”
Victor M. Manríquez Riecke, el célebre “Vidorria”, tenía un Jeep que me gustaba mucho; un Willy modelo 1985 de seis cilindros con capota de fibra dura. Manríquez como lo tuteo era fanfarrón, hay como la ven tiene su “metalito” (carácter), cuando salíamos al monte que fue en infinidad de ocasiones, hiciera o no calor le quitaba la capota al Jeep, le doblaba el vidrio delantero sobre el cofre, según él así nos parecíamos a “Daktari”, una exitosa serie que se pasaba por televisión. Las ocurrencias de Manríquez algunas anecdóticas, inolvidables. Andar en un Jeep descapotado en tiempo de frio no es un “hobby” cualquiera, peor andar en esos meses de febrero cuando caen las “collas” frías, es una locura.
Recuerdo como si fuese ayer una noche que cruzamos las brechas “petroleras” del 61 y el 68 en el mes de febrero que cayó una fuerte “colla”, no tengo ni remota idea en cuánto estaría el termómetro, es y ha sido una de las noches que he pasado más frío en mis 68 años de vida, cuando caímos en el arroyo del “Condeno” el frio recrudeció, tuvimos que protegernos un rato debajo de un “palo San Juan” para agarrar calor haciendo una “lumbrada” en pleno arrojo, ese día en la tarde el “compa” Toño Martínez había tumbado un “hijuelachingada” grande, de “12 puntas” que no habíamos destripado precisamente por el frío, una vez que hicimos la “lumbrada” en el arroyo del “Condeno” lo colgaron en el palo San Juan para destazarlo, fieles a la costumbre, un lomo y los dos costillales los asamos en las brasas, obviamente no llevamos verdura, ni tortillas, solo agua y mucho tequila reposado, esa noche comimos lomo y costillas de venado asados al estilo beduino, con pura sal, sin tortillas, sin verdura, sin cuchillo y sin tenedores, todo a capela, para nosotros no era novedad ni la primera vez, varias veces habíamos había pasado lo mismo, éramos muy ordinarios, rara vez llevábamos lo mínimamente necesario para comernos una carne asada con tortillas, verduras, salsa, frijoles y refrescos, salvo que fuéramos a “acampar” que era cuando llevábamos todo y de todo.
Esa noche fue de batallar y batallar con el Jeep, rara vez nos daba problemas, era un Jeep viejo erpo fuerte, confiable y cuerudo, esa noche falló, en una cañada que asemejaba a un “columpio” le tronó la fleja trasera, se quebró, con la misma “Manríquez” le puso el “doble” para seguir sobre la brecha con la tracción delantera, sin embargo el gusto duró poco, en un descuido de Manríquez que iba en el volante chocó con la llanta delantera con una enorme piedra a un lado de la brecha, la llanta “tronó” y los “candados” del doble se desgranaron como mazorca, la llanta ponchada no era problema porque llevábamos extra, el problema fue que uno de los candados delanteros que se desgrano, ahí sí ni para atrás ni para adelante. Esa noche la pasamos en la cañada, en la madrugada el Toño subió la única loma que había en varios kilómetros a la redonda, agarró señal con su celular y habló para el ejido pidiendo refuerzos, en la mañana llegó su cuñado en un Toyoyita 82 cuatro cilindro, doble, con mecates, nos jaló hasta el ejido, fue una noche muy pesada por el frio, sin poder pegar los ojos en medio de una gritería de coyotes y bramidos de reses.
Manríquez tardó varios días en arreglar el Jeep, como era un Jeep viejo las partes eran escasas, así recorrió casi todos los yonkes de La Paz buscando las piezas. Infinidad de historias vivimos alrededor del Jeep, algunas creíbles otras no, con el tiempo Manríquez le hizo modificaciones que en lo personal no estaba de acuerdo, sin embargo el Jeep no era mío, me gustaba mucho, traté varias veces de comprárselo pero nunca decidió ni me lo vendió, al final lo “cambalacho” por un terreno en El Sargento y compró un Jeep más nuevo, muy buen carro pero nada igual al viejo Willy. ¡Qué tal!
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