Tienes una explicación para todo (y una responsabilidad para nada).
Por: Psic. Miguel Negrete Gil.
IG/FB: @psic.miguelnegrete
Últimamente somos bastante buenos hablando sobre psicología. Ya no decimos simplemente “me enojé”. Ahora estamos “identificando un detonante”. No evitamos conversaciones incómodas: “estamos protegiendo nuestra paz”. No dejamos de contestarle a alguien durante tres días: “necesitamos regularnos”. Y si tratamos mal a alguien, siempre existe la posibilidad de explicar que “reaccionamos desde una herida”.
Ajá, magnífico, ¿y luego?
¿Y ahora qué vas a hacer diferente? Porque aprender a entender por qué hacemos lo que hacemos puede ser extraordinariamente útil. El problema empieza cuando utilizamos esa explicación como permiso para seguir haciéndolo.
“Soy desconfiado porque me han traicionado”, “grito porque así se comunicaban en mi casa”, “me cuesta demostrar afecto porque mi familia nunca fue cariñosa”, “cuando tengo
miedo, alejo a la gente”. Todo eso puede ser cierto. Pero aquí viene la parte incómoda (ya te las sabes, bebé): que una conducta tenga explicación no significa que deje de tener consecuencias.
Desde la terapia cognitivo-conductual se plantea que nuestra historia de aprendizaje, nuestras creencias y nuestras interpretaciones influyen en la manera en que pensamos, sentimos y actuamos. Beck (2020) explica cómo determinadas creencias pueden desarrollarse a partir de nuestras experiencias y después influir en nuestras respuestas ante situaciones actuales. Entenderlo es importante porque quizá tú no elegiste aprender que confiar era peligroso, n elegiste crecer en una familia donde pedir perdón era imposible, tampoco decidiste que ciertas experiencias te enseñaran a defenderte atacando, evitando o alejándote, pero comprender de dónde viene algo es el comienzo del trabajo, no necesariamente el final.
Y ahí es donde a veces hacemos una pequeña trampa: convertimos el autoconocimiento en absolución, diciendo “ya sé por qué soy así” con una tranquilidad maravillosa, como si descubrir el origen de una conducta automáticamente cancelara nuestra responsabilidad sobre ella. Imagínate llegar tarde todos los días y decir: “Ya entendí: tengo problemas para organizar mi tiempo”. Perfecto, bebé pero mañana, ¿a qué hora vas a salir de casa?
Porque puedes conocer perfectamente tus patrones y continuar repitiéndolos, puedes saber que evitas el conflicto y seguir desapareciendo cuando una conversación se complica, puedes reconocer que necesitas aprobación y continuar diciendo que sí a todo, puedes identificar que reaccionas impulsivamente cuando te sientes rechazado y seguir lastimando personas cada vez que ocurre.
El insight ayuda, pero no sustituye la conducta, y esto tampoco significa caer en el extremo contrario de decir “supéralo”, “deja atrás el pasado” o “todo depende de ti”. Hay experiencias que dejan consecuencias profundas y modificar ciertos patrones puede requerir tiempo, apoyo e incluso psicoterapia.
Pero ojo, chiquis: responsabilizarte no significa culparte por lo que te ocurrió, significa preguntarte qué puedes hacer ahora con aquello que aprendiste, porque fíjate que hay una diferencia enorme entre decir “esto explica por qué reacciono así” y decir “por eso tienes que soportar que reaccione así”. La primera frase abre una puerta al cambio, la segunda convierte nuestra historia en una factura que los demás tienen que pagar.
Quizá por eso una de las preguntas más incómodas que podemos hacernos después de descubrir el origen de un patrón sea:
“Ahora que sé por qué lo hago, ¿qué voy a hacer diferente?”
No qué hicieron tus padres, no qué hizo tu expareja, no quién empezó, no quién debería entenderte mejor: tú. No porque todo sea tu culpa, sino porque esa es precisamente la parte sobre la que puedes intervenir. La psicología puede ayudarnos a comprender nuestra historia, reconocer heridas y entender por qué desarrollamos ciertas maneras de protegernos, pero sería una lástima utilizar todo ese conocimiento únicamente para construir explicaciones cada vez más sofisticadas de por qué seguimos haciendo exactamente lo mismo.
Y es que bebé, déjame decirte que descubrir de dónde viene el incendio es importante, pero, en algún momento, también habrá que dejar de echarle gasolina.













