No eres tan seguro como aparentas…y quizás por eso necesitas demostrarlo desesperadamente.
Por: Psic. Miguel Negrete Gil.
IG/FB: @psic.miguelnegrete
Todos, todos conocemos a alguien que parece tener la autoestima en edición de lujo, ¿qué no? Ya sabes: esa persona a la que nada le afecta, nadie le hace falta, jamás pierde, nunca extraña a nadie, siempre tiene la razón (ajá, en todo) y, si alguien se va de su vida, seguramente esa persona “se lo pierde”. Además, por si quedaba alguna duda, suele recordarnos constantemente lo fuerte, independiente y segura que es.
Y quizá realmente lo sea. O quizás no.
Pero también existe otra posibilidad bastante más incómoda: que esté haciendo un enorme esfuerzo por parecerlo, porque la seguridad personal no siempre hace ruido. De hecho, cuando necesitamos demostrar constantemente que somos fuertes, exitosos, independientes o emocionalmente intocables, vale la pena preguntarnos para quién estamos haciendo la demostración.
Hay una diferencia importante entre sentirse seguro (seguro en verdad) y construir una imagen de seguridad. Es decir, la primera permite reconocer virtudes, pero también errores. Puedes decir “esto me dolió”, “me equivoqué”, “necesito ayuda” o “no sé qué hacer” sin sentir que tu valor personal se derrumba mientras que la segunda necesita mantener el personaje (ajá, como Teresa, you know…), por eso algunas personas convierten cualquier situación en una oportunidad para demostrar que tienen el control.
Una ruptura no les duele: “fue lo mejor que pudo pasarme”. Si alguien las rechaza: “seguro se intimidó”. Si reciben una crítica: “es envidia”. Si pierden una amistad: “la gente no soporta verme crecer”. Qué curioso que, según, siempre ganan…o al menos en la versión que cuentan.
Desde la psicología sabemos que la autoestima puede depender, en distintos grados, de determinadas fuentes externas de validación. Crocker y Wolfe (2001) explicaron que las personas pueden basar su autoestima en áreas como la aprobación de otros, la apariencia, la competencia o el éxito.
Pero como dirían en mi pueblo: la puerca tuerce el rabo cuando sentir que valemos depende demasiado de demostrar constantemente que cumplimos con aquello que consideramos valioso. Entonces ya no basta con estar bien, sino que además necesitamos que los demás sepan que estamos bien.
Y las redes sociales (esas que tanto odio) ofrecen un escenario maravilloso para hacerlo, ¿Qué no? Por todos lados hay frases sobre no necesitar a nadie, indirectas disfrazadas de crecimiento personal, fotografías acompañadas de mensajes sobre lo mucho que hemos evolucionado y publicaciones destinadas, aparentemente, a todo el mundo…aunque sabemos perfectamente quién esperamos que las vea.
Nada de eso significa automáticamente inseguridad. Compartir logros, sentirse atractivo, celebrar avances o reconocer nuestro valor es perfectamente saludable. La pregunta sería:
¿Qué pasaría si nadie lo viera?
Ah, ¿verdad?, tú dime: ¿seguirías sintiéndote igual de valioso si nadie alabara tu éxito? ¿Seguirías pensando que superaste esa relación si tu expareja jamás se enterara de lo bien que estás? ¿Seguirías sintiéndote fuerte si pudieras admitir que algo te dolió?
Ahí empieza una conversación mucho más interesante, más curiosa, más cotorra. Porque la verdadera seguridad también permite ser vulnerable y ya hemos hablado de que eso a nadie le gusta, ¿ajá? Y es que resulta y resalta que una persona segura no necesita ganar todas las discusiones, demostrar que siempre tiene razón ni convertir cada rechazo en una historia donde el otro fue incapaz de reconocer su extraordinario valor.
A veces te rechazan. A veces alguien deja de elegirte. A veces te equivocas. A veces algo te rompe un poquito…y ninguna de esas cosas disminuye automáticamente tu valor. Quizá una de las señales más importantes de seguridad emocional sea poder reconocerlo sin sentir la necesidad inmediata de reconstruir nuestra imagen frente a los demás.
Así que la próxima vez que necesites demostrar cuánto has cambiado, hacer 27 posots en Instagram sobre cuánto has crecido, poner 15 estados en Facebook sobre lo poco que te importa alguien o lo increíblemente bien y “a todas márgaras” que estás, prueba hacerte una pregunta incómoda:
¿Quiero compartirlo o necesito desesperadamente que alguien lo vea?
Porque existe una diferencia enorme entre sentirte bien contigo mismo y necesitar convencer al mundo de que así es cueste lo que cueste. Y quizá la seguridad más difícil de construir sea precisamente esa que no necesita publicaciones, discursos, indirectas ni espectadores. Esa que permanece aun cuando nadie está mirando.
Recuerda, bebé de luz: cuando realmente sabes cuánto vales, curiosamente, disminuye bastante la urgencia de andar presentando pruebas a medio mundo todo el tiempo y por todos lados como si fueras banco ofreciendo tarjetas de crédito.
¿Cómo la ves, chiquis? Interesante y para pensarse, ¿que no?











