No es que te cueste decir “no”, sólo te aterra que dejen de quererte.
Por: Psic. Miguel Negrete Gil.
IG/FB: @psic.miguelnegrete
Hay personas que dicen “sí” con una facilidad impresionante. Sí a favores, sí a planes que no quieren, sí a resolver problemas ajenos, sí a quedarse más tiempo, sí a contestar mensajes, aunque estén agotadas.
Y luego, cuando por fin están solas, piensan: “¿por qué demonios dije que sí?”.
La respuesta puede ser bastante incómoda: quizá no te cuesta decir que no. Quizá te cuesta muchísimo la posibilidad de que alguien se enoje, se decepcione o deje de quererte por haberlo dicho.
Y es que, pues…sorpresa: aprendimos a confundir amabilidad con disponibilidad absoluta y creemos que ser buena persona significa estar siempre para todos, incluso cuando nosotros ya no podemos más. Y cuando intentamos poner un límite aparece la culpa: “van a pensar que soy egoísta”, “se va a molestar”, “qué van a decir de mí”.
Y entonces dices que sí. No porque quieras. Porque tienes miedo.
Desde la psicología cognitivo-conductual, esto puede entenderse a partir de las creencias y pensamientos automáticos que aparecen ante determinadas situaciones. Beck (1976) planteaba que no reaccionamos únicamente ante lo que ocurre, sino también ante la interpretación que hacemos de aquello que ocurre, ¿ajá?
Así que cuando alguien te pide algo, quizá el problema no sea la petición. El problema es lo que tu cabeza traduce inmediatamente: “si digo que no, van a rechazarme”.
Y ahí es donde (como dirían en mi pueblo) la puerca tuerce el rabo.
Dices que sí para evitar la incomodidad de decir que no. Y obvio, en ese momento sientes alivio porque no hubo discusión, nadie se molestó, todos están contentos, felices, cantan, bailan y se abrazan. Pero después llega el cansancio, el resentimiento y esa maravillosa frase que todos hemos pronunciado alguna vez: “¡nadie me ayuda a mí!”.
Bueno…también puede ser que quizá nunca les dijiste que necesitabas ayuda.
Y aquí viene otra verdad incómoda (sí, bebé, otra): a veces esperamos que los demás respeten límites que nosotros mismos nunca comunicamos.
Queremos que sepan cuándo estamos cansados. Que entiendan que no queremos ir. Que noten que estamos molestos. Que se den cuenta de que estamos haciendo demasiado.
Pero las personas no leen mentes (no, ni siquiera los psicólogos, ¿tú crees?).
Y mientras sigues diciendo “sí, no pasa nada”, por dentro acumulas facturas emocionales que algún día pretendes cobrar diciendo “después de todo lo que hice por ti…”. El problema es que la otra persona quizá nunca firmó ese contrato. Tú aceptaste algo que no querías y esperaste que, mágicamente, el otro supiera cuánto te costaba.
Poner límites no significa dejar de ser amable. Significa dejar de utilizar tu propia incomodidad como moneda de cambio para conservar la aprobación de los demás.
Y sí, al principio puede sentirse horrible. Puede aparecer culpa. Puede aparecer miedo. Incluso puede haber personas que se molesten. Pero que alguien se moleste porque pusiste un límite no significa automáticamente que hayas hecho algo malo.
A veces significa simplemente que esa persona estaba acostumbrada a que dijeras que sí.
Así que la próxima vez que estés a punto de aceptar algo que realmente no quieres hacer, antes de decir “sí, claro”, hazte una pregunta bastante incómoda:
“Si supiera con absoluta certeza que esta persona no se va a enojar conmigo, ¿qué respondería?”
Ahí probablemente aparezca tu verdadera respuesta.
Y quizá descubras algo todavía más incómodo: que llevas mucho tiempo diciendo que sí para que nadie se vaya mientras tú mismo te vas abandonando poquito a poquito.
Recuerda, bebé de luz: poner límites no es aprender a decirle que no a los demás, a veces es aprender, por fin, a no decirle que sí a todo aquello que te hace daño.













