Si me vas a dejar, por lo menos dame una explicación que me guste.
Por: Psic. Miguel Negrete Gil.
IG/FB: @psic.miguelnegrete
“Necesito saber por qué” es probablemente una de las frases más pronunciadas después de una ruptura, y entonces llega la explicación: “Ya no siento lo mismo”, “quiero estar solo”, “esto dejó de funcionar”, entre otras. Y ocurre algo fascinante: resulta que tampoco queríamos saber eso, ¿ajá? Queríamos una explicación, sí, pero una que fuera lógica, suficientemente profunda, que preservara nuestra dignidad y, de ser posible, dejara abierta una pequeña posibilidad de que el otro descubriera en tres semanas que acaba de cometer el peor error de su vida.
Te explico: cuando una relación termina no solamente perdemos una persona, también se rompe una historia que habíamos construido (muchas veces en nuestra propia cabeza) sobre quiénes éramos juntos y hacia dónde íbamos. Medina-Martínez (2024) describen la ruptura de pareja como un acontecimiento estresante y complejo que implica la pérdida de un proyecto compartido y puede acompañarse de tristeza, enojo, ansiedad, frustración y afectaciones en la autoestima.
Por eso buscamos explicaciones, por eso queremos ordenar la historia, encontrar el momento exacto en que todo empezó a salir mal y conseguir una respuesta que convierta el caos en algo comprensible. El problema es que muchas veces llamamos “cierre” a conseguir que el otro nos proporcione una explicación capaz de eliminar el dolor, y quizá estamos pidiéndole a una conversación algo que ninguna conversación puede garantizar, ¿ajá?
Preguntamos una vez y después otra: “¿pero desde cuándo?”, “¿hice algo?”, “¿hay alguien más?”, “¿nunca me quisiste?” y cada respuesta parece producir una nueva pregunta porque, en el fondo, no siempre estamos buscando información, sino que estamos negociando con una realidad que no nos gusta. A ver, claro que una explicación puede importar, particularmente cuando hubo engaños, decisiones repentinas o asuntos prácticos que necesitan aclararse, pero comprender las razones de alguien y estar de acuerdo con ellas son cosas distintas. Incluso una explicación completamente sincera puede parecernos insuficiente simplemente porque sigue conduciendo al mismo lugar: la relación terminó.
Quizá por eso el cierre emocional no debería depender exclusivamente de encontrar la última pieza de información, sino de construir una historia con la que podamos seguir viviendo aunque algunas piezas falten. Aceptar que hubo cosas buenas y malas, reconocer nuestra parte sin asumir responsabilidades que no corresponden y, sobre todo, entender que no necesitamos aprobar la decisión del otro para reconocer que ocurrió.
A veces la respuesta que buscamos después de una ruptura no existe, o peor: ya la recibimos y sencillamente no nos gustó. Y quizá cerrar una historia empieza precisamente ahí: cuando dejamos de interrogar el pasado esperando que finalmente nos dé una respuesta capaz de cambiar el final.













