Tu perdón no me basta, quiero verte sufrir.
Por: Psic. Miguel Negrete Gil.
IG/FB: @psic.miguelnegrete
“Perdóname, sé que te lastimé y me arrepiento”. En teoría, esas eran exactamente las palabras que llevabas semanas, meses, años o tal vez toda una vida esperando. El problema es que finalmente llegan y algo dentro de ti responde: “Sí, muy bonito y todo…pero no es suficiente”.
Porque tú llevas noches sin dormir, lloraste, te enojaste, repasaste lo ocurrido quinientas veces y tuviste conversaciones imaginarias con el estropajo mientras te bañabas. Mientras tanto, la persona que te lastimó parece estar comiendo tacos tranquilamente. Y resulta profundamente ofensivo descubrir que el universo no le asignó automáticamente una cantidad proporcional de sufrimiento, ¿no?
¿Por qué ocurre esto? Porque cuando alguien nos hace daño no siempre buscamos únicamente una disculpa. Oh, no. También podemos necesitar reconocimiento, responsabilidad, reparación y alguna señal de que la otra persona realmente comprendió la magnitud de lo que hizo. Por eso dos palabras idénticas (“lo siento”) pueden sentirse completamente distintas dependiendo de lo que las acompañe.
La investigación sobre procesos restaurativos ayuda a entenderlo. Capecci y Del Moral Arroyo (2021) explican que la disculpa puede funcionar como una forma importante de reparación simbólica, pero su eficacia depende de elementos como el reconocimiento del daño, la responsabilidad y el arrepentimiento. Es decir, muchas veces no necesitamos ver sufrir al otro por simple crueldad; necesitamos comprobar que nuestro dolor significó algo para él, ¿ajá?
El problema aparece cuando reparación y castigo empiezan a confundirse. Ya no basta con que reconozca lo ocurrido, cambie su conducta o intente reparar el daño: necesitamos verlo mal, sufriendo, arrastrándose como el gusano que creemos que es. Queremos que pierda algo, que llore, que se arrepienta durante una cantidad de tiempo que nuestro tribunal emocional considere apropiada y, si parece recuperarse demasiado pronto, sentimos que se salió con la suya.
Ahí aparece una idea muy humana de justicia: si yo sufrí por lo que hiciste, parece injusto que tú puedas continuar como si nada. De hecho, investigaciones sobre perdón y reconciliación muestran que para muchas personas la justicia sigue vinculada a una lógica retributiva, donde la consecuencia o el castigo ocupan un lugar importante antes de considerar posible el perdón. ¿Cruel? Tal vez, pero así es la vida de chula.
Pero aquí está la parte incómoda: el sufrimiento del otro no siempre repara el nuestro. Traz. Y sí, puede proporcionarnos momentáneamente una sensación de equilibrio, pero ninguna cantidad de noches sin dormir del culpable nos devuelve automáticamente las nuestras. Por eso perdonar, reconciliarse y volver a confiar tampoco son sinónimos. Podemos aceptar una disculpa y decidir alejarnos; podemos perdonar y mantener consecuencias; incluso podemos reconocer arrepentimiento genuino sin estar preparados para continuar la relación.
Quizá por eso una buena disculpa no debería medirse por cuánto sufrió quien hizo daño, sino por cuánto fue capaz de responsabilizarse de él y qué hizo después con esa responsabilidad, porque a veces decimos que necesitamos una disculpa cuando, en realidad, estamos esperando otra cosa: justicia, reparación o arrepentimiento.
Y si solamente podremos estar en paz cuando el otro haya sufrido tanto como nosotros, hay un problema adicional: le acabamos de entregar también la responsabilidad de nuestra recuperación. Doble “TRAZ”.













