¿Por qué nos gusta ver pelear a otras personas?
Por: Psic. Miguel Negrete Gil.
IG/FB: @psic.miguelnegrete
En días pasados terminó La Casa de los Famosos México. Después de 71 días de convivencia, estrategias, alianzas, lágrimas y, por supuesto, peleas, millones de personas estuvieron pendientes de lo que ocurría dentro de una casa llena de desconocidos para ellas. Y seamos sinceros: difícilmente alguien pasó más de dos meses mirando solamente para ver quién lavaba los platos. Queríamos saber quién se peleó con quién.
Porque hay algo extrañamente fascinante en observar conflictos ajenos. En televisión, redes sociales o incluso en la mesa de al lado de un restaurante, basta escuchar que alguien eleva ligeramente la voz para desarrollar una capacidad auditiva extraordinaria.
“No quiero escuchar”, pensamos. Pero tampoco hablamos tan fuerte para poder escuchar mejor, ¿verdad? ¿Por quésomos así?
Una primera explicación es bastante sencilla: el conflicto captura nuestra atención. Cuando percibimos tensión, nuestro cerebro intenta entender qué ocurre, quién representa una amenaza, qué puede pasar después y cómo terminará la historia. Además, cuando observamos desde un lugar seguro, podemos experimentar emociones intensas sin pagar directamente sus consecuencias, ¿qué cómodo, no?
Por eso una discusión ajena puede producir incomodidad y curiosidad al mismo tiempo y la investigación sobre consumo audiovisual ha encontrado que el interés del público no depende únicamente de emociones agradables. Guerrero-Pérez (2025), en un trabajo disponible en Redalyc sobre atención y engagement de las audiencias, señalan que sucesos tristes o trágicos también pueden generar excitación controlada y gratificación emocional en el espectador.
En otras palabras: algo no necesita hacernos sentir bien para conseguir que sigamos mirando, y los realities entendieron esto hace mucho: metes personas diferentes en un espacio reducido, agregas competencia, presión, alianzas, nominaciones, recursos limitados y cámaras funcionando todo el día. Después solamente esperas a que ocurra aquello que inevitablemente ocurre cuando juntamos seres humanos: conflicto.
Y nosotros observamos desde casa.
Además aparece otro ingrediente maravilloso: tomar partido.Ya no solamente vemos una discusión; decidimos quién tiene razón. Defendemos a alguien, condenamos al otro, interpretamos gestos, buscamos videos anteriores y terminamos discutiendo en redes con personas que tampoco conocen personalmente a ninguno de los involucrados.
De pronto, una pelea ajena también nos permite hablar de nuestros propios valores.
Y quizá ahí está parte del atractivo: mirar a otros comportarse bajo presión nos permite imaginar qué haríamos nosotros sin tener que comprobarlo. Por supuesto, disfrutar un reality o quedarse mirando una discusión no significa que seamos personas violentas. Tampoco toda curiosidad ante el conflicto es “morbo” en el sentido oscuro de la palabra. Investigadores como Fernández Villanueva, Revilla Castro y Dávila de León (2018) encontraron precisamente que, al hablar de imágenes violentas en televisión, los espectadores diferenciaban entre una curiosidad considerada legítima y el simple placer ante el sufrimiento.
El problema aparece cuando dejamos de ver personas y empezamos a ver personajes cuya humillación nos entretiene, porque detrás del meme, del clip viral y del “¡que se peleen!” siguen existiendo seres humanos, y tal vez por eso nuestra fascinación por el conflicto dice algo bastante interesante sobre nosotros: podemos detestar las peleas cuando estamos dentro de ellas y encontrarlas irresistibles cuando ocurren suficientemente lejos.
Así que la próxima vez que escuches una discusión en la mesa de al lado y misteriosamente todos en la tuya guarden silencio, no te preocupes. Probablemente nadie quiere escuchar.
Solamente estamos esperando, con profundo interés científico, a saber quién empezó.













