Por Víctor Octavio García
Historia de familia
Armar la historia que hoy les compartiré me llevo años, muchos años, una historia hecha en abonos y remiendos -así le llamó- que no está completa ni finalizada por razones entendibles; todos mis familiares más viejos murieron y los de mi generación para acá desconocen la historia. Me apegue a fuentes familiares –a quién más- para hilvanarla a fin de desarrollarla uniendo un complejo rompecabezas que el tiempo se ha encargado de borrar. Se trata de la familia de mi bisabuelo paterno, Ildefonso García Torres, uno de los pilares de los García de Caduaño, de él conservo vagos recuerdos, murió en 1963 pasado de los noventa años de edad, yo apenas peinaba los seis años. No sé cuántos hermanos y hermanas fueron, recuerdo que conocí a tres; Conrado, casado, de oficio jornalero; Leónides, casada, partera y Refugio “Cuca” soltera, dedicada al hogar, vivió en casa de mi bisabuelo hasta su muerte ocurrida en 1962, tartamuda, de joven sufrió una embolia que la dejo discapacitada por el resto de su vida, también murió a una edad avanzada.
Mi bisabuelo vivió la típica vida de su época, de sacrificios y limitaciones, de joven, los primeros años de casado se la paso en la sierra donde cuidaba ranchos y arriaba ganado que embarcaban para el estado norte, en Punta Palmilla, y huertero en ocasiones, en ese tiempo no había opciones de trabajo, su papá se llamaba Ciriaco García y su mamá Bersabé Torres. De su mamá tengo referencias no confirmadas de que era mestiza pericú de un rancho (nación) pericué, ubicado en la zona de Yeneka y el Cajón, en dominios del indio “Chicori”, su papá que siempre vivió en Caduaño de donde era originario, provenía de familias fundadoras de este pintoresco pueblito del norte del municipio de Los Cabos junto con los Marrón y los Castro. Ciriaco García, nombre que hoy se nos hace extraño y poco usual, de él he rastreado que le gustaba mucho el trago y jugar baraja, que seguido iba a Miraflores donde se echaba sus alipuces, tenía una mulita mansita que la montaba, en ocasiones y eso pasó en repetidas ocasiones, se emborracha y lo amarraban en la mulita para que no se cayera, la mulita era mansita, no necesitaba cabestrearla, conocía bien las veredas, llegaba en la madruga a Caduaño, tenía una casa de vara de palo de arco trabada enjarrada con barro y, en el frente de la casa, un corredor bajito, llegaba la mulita con él en la madrugada y por lo bajito del corredor no se podía meter la mulita y quedaba con medio cuerpo a la intemperie, en la mañana que se levantada la viejita siempre buscaba ayuda para que la auxiliaran a desamarrarlo y bajarlo de la mulita empapado de sereno, de su vicio como jugador empedernido de baraja, me tocó escuchar en mi tierra a manera en broma y en serio, que era tan vicioso que jugaba hasta con el diablo.
Mi bisabuelo Ildefonso García Torres se casó con Enedina Cota, nativa de Todos Santos, procrearon 5 hijos, cuatro mujeres y un hombre; Fernanda, Paz, Sara (mi abuela paterna) y Enedina, y un hombre Loreto, todos ellos García Cota. Ya que creció la familia se instalaron definitivamente en Caduaño donde mi bisabuelo era tejedor de riendas y cabestros, únicos trabajos tejidos con correas de baquetilla, vaqueta y gamuza, un verdadero artista en el arte de tejer, oficio que aprendió de su mamá que tejía tapetes, canastos y sombreros de palma, forjó una familia de reconocidos talabarteros, mi tío en segundo grado, Loreto García Cota y mi papá, Félix Octavio García Collins, quienes aprendieron el oficio de talabarteros con don Valentín Collins, de los viejos Collins que llegaron del norte de Inglaterra a Miraflores, en 1796, trayendo sus costumbres y tradiciones como curtidores de pieles, ebanistas, talabarteros, agricultores y criadores de ganado, los antiguos pueblos del norte de Inglaterra .
Mi papá trabajó la talabartería desde muy joven hasta 1960, mi tío murió trabajando la vaqueta en 1990, hace treinta y seis años. Hoy recuerdo que nunca más Caduaño volvió a ser lo que fue, donde trabajan la talabartería, existían productivas huertas de siembra y árboles frutales, mucha agua dulce, un trapiche donde hacían dulce de caña, algo de ganadería, explotaban la madera de palo zorrillo (postes), palo fierro, Brasil, palo blanco, máuto y cortaban varas de palo de arco y leña, de los años 90’ en delante cuando comenzó a despuntar turísticamente Los Cabos, se emplearon en el turismo y servicios.
Tuve la fortuna de vivir y atestiguar esos tiempos cuando éramos una sola familia, cuando todos nos conocíamos, cuando no existían diferencias, cuando nos unían fuertes lazos de identidad y pertenencia que hoy no existen, cuando verdaderamente se respiraba paz, armonía y tranquilidad, a la vuelta de los años, de muchos años, solo quedan recuerdos imperecederos de esos tiempos que no volverán. ¡Qué tal!.
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