Por Víctor Octavio García
Carros viejos
A mi adorados hijos; los quiero mucho
El lunes pasado visite a los Amador en el rancho El Ciruelo, viaje sin contratiempos. Invite a Ramsés Puente que desde hacía mucho tiempo me había pedido que lo invitará en una de mis salidas por la zona serrana del norte de La Paz, ese día cumplió años Rigo Amador y me invito a comer chivo asado, día muy agradable, medio nublado que matizó un poco el sol, caluroso pero soportable en la sombra; comimos costillas de chivo asadas y kequi, excelente día. A las siete de la tarde anuncié mi regreso a esta ciudad con la panza llena, en el km 68 me orillé en la carretera para orinar, serían más o menos las 9 de la noche, apague el carro y cuando lo quise encender nomás no dio, le insistí y nada, traía poca carga en el celular, hablé para mi casa para que fueran auxiliarlos, nos llevaran agua y buscaran una grúa para traernos el carro, pasadas de las una de la mañana llegaron Mayra y Francisco, al rato la grúa, me sentí mal, apenado, la primera vez que invito a Ramsés y quedamos literalmente tirados en el camino, yo ya estoy curados de espantos.
Desde que recuerdo siempre he batallado con carros viejos, por necesidad o porque me gusta complicarme la vida, mi papá era igual, siempre andábamos en los yonkes buscando piezas usadas, en 1994 saqué un carro de la agencia, un automóvil Nisán cuatro puertas, poco me duró el gusto, obligado por la devaluación de ese año, el famoso “error de diciembre”, tuve que deshacerme de él, a excepción de esa vez siempre ha sido la de batallar y batallar. Francisco, mi hijo, me critica mucho, y tiene razón, pero así soy, terco y caprichudo como un Collins.
En lo personal soy más afín a los carros viejos que a los nuevos aunque batalle y dos, no tengo manera de cambiar de caballo a cada rato, prefiero, y siempre lo he dicho, “vender todos los gatos viejos para comprar un buen perro”, desde luego que ahora las circunstancias son distintas que cuando tenía 20 años menos; enfermo, cansado y viejo me limitan mucha movilidad y destrezas que antes tenía, amén de que en mi casa ya no quieren dejarme salir solo por lo mismo, en lo personal prefiero andar solo, atenerme a mi propia agenda y no a la de otros, dicho de otra manera a administrar mis tiempos.
Infinidad de anécdotas a lo largo de 60 años con carros viejos, de batallar y batallar, de hacerla, como lo hice en mis años mozos, del “llaves sueltas”, fugaz mecánico aprendiz de todo y oficial de nada. Me remitiré a una vieja anécdota que nunca se me olvida, en 1974 cuando entré a preparatoria, mi papá me regaló mi primer carro, un Ford Custom de dos puertas, modelo 1964, motor 289, estándar, de trasmisión chica con los cambios en la caña del volante. Recuerdo que la segunda se le entrampaba, así que tenía que abrirle el cofre y destrabarlo con las manos, se calentaba y las llantas como cuero de víbora, no servían. En la noche, antes de acostarme corría para la gasolinera más cerca de mi casa a echarle a las cuatro llantas para que no amanecieran ponchadas, en la mañana igual, antes de tomar café otra vez a la gasolinera a echarles “aigre”, trabajaba en el agua potable abriendo zanjas en la calle para el agua potable y el drenaje, ganaba 735 pesos quincenales, todas las quincenas tenía que comprar un “gallito” (llanta usada) y en ocasiones hasta dos, imagínese cada “gallito” costaba 150 pesos, en ese tiempo lo que más anhelaba era de que “algún día” compraría llantas nuevas, y ese día llegó años después cuando comencé a mejorar compre un precioso carro, y Fort Brougham cuatro puertas, modelo 1974, color verde olivo con el capacete de vinil blanco, un precioso carro, fue el primero que enllanté, no recuerdo si las necesitaba pero yo lo enllanté.
En tantos años de batallar y batallar aprendí a valorar las cosas, a cuidarlas; cando a uno le cuestan con mayor razón lo valoras, son lecciones de la vida que no se aprenden en ninguna universidad excepto en la universidad de la vida, en la chinga de todos los días. Gracias a Dios mis mi hijos nacieron en otros tiempos, con aire acondicionado mini plis, celular, televisión de plasma, en cambio yo conocí la luz eléctrica a finales de los 60’S y el agua potable, no conocíamos los refrigeradores, las televisiones eran de bulbo y los radios de 6 y 9 bandas donde oíamos la novela de “Chucho el Roto”; dormíamos sin abanico ni aire naire acondicionado, improvisábamos abanicos de manos con pedazos de cartón y hojas de palma, el agua la tomábamos al tiempo. ¡Qué tiempos Aquellos!, con todo y las limitaciones éramos felices con una panocha (cubana) y galletas de animalito y con betún para nosotros era lo máximo. ¡Qué tal!.
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