Pongamos todo en perspectiva // Carlos Villalobos
El país ha tomado una decisión audaz en favor de la salud de las infancias y las futuras generaciones, en el marco de la estrategia del gobierno federal “Vida saludable”, entraron a escena tres estrategias: Hábitos Saludables, Salud en las escuelas y alimentos en las escuelas, sin embargo la entrada en vigor de la prohibición de la venta de comida chatarra en las instituciones educativas ha sido la que más ha llamado la atención, provocando aplausos como cuestionamientos. Más allá del debate y la crítica muy “cortoplacista”, esta política representa un paso firme en la lucha contra la obesidad infantil, un problema de salud pública que amenaza con desencadenar enfermedades crónicas como la diabetes y la hipertensión en la adultez.
La obesidad infantil en México no es un tema menor, de acuerdo con datos oficiales( la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición de 2022), el 35% de los niños y adolescentes en México tienen sobrepeso u obesidad, el país se mantiene entre los primeros lugares a nivel mundial en este rubro. El fácil acceso a alimentos ultraprocesados, altos en azúcares, grasas saturadas y sodio, ha sido un factor determinante en esta crisis, por eso, lejos de ser una prohibición arbitraria y en “contra de las libertades”, como muchos han mencionado, la nueva regulación busca replantear los hábitos alimenticios desde la raíz.
Algunas voces han calificado la medida como excesiva, argumentando que limita la libertad de elección de los estudiantes, sin embargo, más que una restricción, esta política es una invitación a (re)descubrir el valor de una alimentación equilibrada, el ejercicio y la hidratación con agua simple, elementos esenciales para el bienestar a largo plazo.
La efectividad de esta iniciativa no dependerá, ni deberá depender, únicamente de su aplicación en las escuelas, sino de la capacidad de transformar la manera en que niñas, niños y adolescentes se relacionan con los alimentos. Y ahí es donde entra en juego lo que podríamos llamar la sagrada trinidad educativa: estudiantes, docentes/administrativos y familias. Solo con la colaboración de estos tres actores será posible revertir la curva ascendente de obesidad y fomentar un ambiente de conciencia, autocontrol y responsabilidad sobre la propia salud.
Es fundamental que esta transformación no se limite al entorno escolar, desde el hogar, madres, padres, cuidadoras y cuidadores, deberán reforzar hábitos saludables, mientras que el sector educativo tiene la responsabilidad de ofrecer alternativas nutricionales atractivas y promover una cultura de bienestar. De nada servirá eliminar la venta de productos ultraprocesados en las escuelas si, al salir, niñas y niños encuentran en cada esquina una oferta desbordante de bebidas azucaradas y frituras.
La experiencia con el etiquetado frontal de alimentos nos ha demostrado que, aunque al principio las medidas pueden generar escepticismo o incluso burlas, con el tiempo se convierten en herramientas de conciencia. Hoy, millones de personas tomamos decisiones más informadas al ver los sellos de advertencia en los productos que consumimos. Algo similar podría suceder con esta política, lo que hoy parece una restricción, mañana podría convertirse en un hábito normalizado en beneficio de toda la sociedad.
El verdadero desafío radica en la implementación efectiva y en el seguimiento riguroso de la medida, en este sentido será esencial evitar que esta prohibición quede solo en el papel y garantizar que las escuelas ofrezcan opciones alimenticias saludables y accesibles. Además, se requiere de campañas de sensibilización y educación para asegurar que las y los estudiantes comprendan el propósito de la iniciativa y la adopten como un estilo de vida, no como una imposición o castigo.
Este sexenio ha apostado por la prevención y la educación como pilares de un México más saludable, proteger a la niñez desde la escuela es un primer paso, pero el éxito dependerá de la capacidad de todos los sectores; familias, escuelas, industria y gobierno, para trabajar juntos en la construcción de una sociedad que valore el bienestar desde edades tempranas.
Porque cambiar el destino de una nación comienza con transformar la vida diaria de quienes la construyen, por eso es tiempo de que impulsemos una “Vida saludable”.
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