Por Víctor Octavio García
Mis tiempos
* El “Coyote con frío”.
Hace poco más de tres años murió, la última referencia que tuve de él fue que cuidaba un rancho en la zona de La Matanza, nunca supe su nombre de pila, lo tuteábamos sin que él se enterara como el “Coyote con frío” por su forma de ser; con los brazos rígidos al cuerpo, casi no los movía, de tieso caminar (de ahí el mote de “Coyote con frío”), quizás unos setenta cinco años de edad, muy serio, parco, huraño e introvertido, rara vez pronunciaba palabra, cuando platicabas con él te asistía en la plática con un sí o un no levantando una ceja o bien haciendo gestos con la cara, eso sí respetuoso, un par de veces nos acompañó en las “acampadas” donde jugaba un rol muy específico; juntar leña y cuidar el “paraje” cuando salíamos a caminar.
Rara vez pronunciaba palabras, serio, parco y adusto como un patibulario, una autentica efigie egipcia, en lo personal por su forma de ser siempre me llamó la atención saber el porqué de su extraño carácter hasta que se convirtió en un verdadero misterio, fue como entrar en una dimensión desconocida, eso sí buen hombre. Desde que lo comencé a tratar me generó confianza pese a su seriedad, estudiar la personalidad del “Coyote con frío” se convirtió en un reto para mi impuesto a sacarle raíz cuadrada a la calidad humana, a los falsos, los ladinos, mitoteros, traidores, culeros, ojetes, frívolos, mustios, protagonistas, merolicos, patanes etc., cuando trato una persona por vez primera rara vez me equivocó con mi impresión, puedo presumir que he aprendido a conocer a la gente, años de tratar de dulce, chile y de manteca algo he aprendido.
El “Coyote con frío” fue un reto descubrir las entrañas de aquel tipo huraño, no fue fácil ni de un día para otro explorar en su silencio sepulcral, calladamente lo estudiaba tratando de adivinar sus pensamientos y su lento caminar fue como tratar con un enmascarado, de su vida pasada, igual de misteriosa como él, encontré pocos y vagos datos, nunca se casó ni tuvo familia, pasó muchos años bebiendo hasta convertirse en un alcohólico consuetudinario que quedaba “botado” en cualquier parte, pedía dinero para comprar su “pachita”, ejerció diversos oficios como ranchero, huertero, vaquero, chofer de tráiler, pizcador de algodón, arriero etc.
Siempre se replegaba de todos, daba la impresión que la soledad le caía bien, la disfrutaba, aun así convivía con nosotros como cualquier parroquiano, respetábamos su peculiar forma de ser aunque en ocasiones nos sacara de quicio, nos desesperaba ver tanta seriedad, no se metía con nadie y no opinaba de nada, era un mudo testigo en nuestras “acampadas” donde era de mucha utilidad por ser el leñador designado y el que cuidaba el “paraje”, de manera que por su forma de ser, su personalidad poco tengo que agregar a estas líneas ágatas que hoy le dedico como un homenaje póstumo al amigo, al silencio, al misterio, a un buen hombre. Descanse en paz. ¡Qué tal!
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