Por Víctor Octavio García
La víbora
Mi abuelo paterno (Rafael Collins Collins) murió en 1998, a la edad de 88 años, hombre de trabajo, sacrificio y de palabra. Sus primeros años de adolescencia se los pasó en la sierra criando ganado, eran tiempos muy difíciles, de mucho sacrificio y limitaciones. En vida me confió algunas de sus anécdotas y experiencias personales, algunas me pidió que me reservara comentarlas porque nadie me iba a creer, estaba chapeado a la antigüita cuya palabra tenía valor como honor mismo. “Parajeado” en la sierra donde tienen un “cambiadero” que aún frecuentan los Collins llamado San Bernardo, en lo profundo de la sierra, un día salió a “campear” un torete tresañero que tenía tratado (vendido), era un animal poco manejado, que no conocía de mecates y medio mesteño, muy temprano, aún con el “lucero”a medio chile ensilló la bestia, guardo en la montura un modesto lonche envuelto en una servilleta de trapo, agua, cuchillo, mecates y un rifle 25-20 y salió en busca del torete, conocía los “sesteaderos” y las zonas donde podría encontrarlo, así que se dirigió directo a un “ancón” muy enmontado conocido como el “brasilar”, conocía la sierra como nadie, en 1932 le tocó batallar con una espantosa seca que no llovió en 7 años, imagínense, el “ancón” estaba retirado de San Bernardo, así que dilató en llegar a los “sesteaderos” del ganado.
Antes de llegar o internarse en el “ancón” se apio de la bestia, la amarró en un mezquite y se encajó en el hombro un mecate y se encaminó a los “sestiaderos”, aún le falta para llegar al “ancón” cuando de pronto escucho un grito o bufido que no identificó de momento, lo escucho a lo lejos, siguió caminando cuando otra vez el raro grito o bufido que no sabía si era aullido, silbido o el viento, el caso que fue escuchando por un rato más seguido y más cerca hasta lo que le dio mala espina, conocía como gruñen los “liones”, aúllan los coyotes, braman las reses, relinchan las bestias y chiflan las zorras, pero eso grito o bufido agudo e intenso jamás lo había escuchado. Para esto se dirigió donde tenía amarrada la bestia que estaba a punto de romper el mecate, lo tenía tensado, se veía muy nerviosa, la “atrincó” bien, tomó el rifle 25-20, le montó cartuchos y busco donde protegerse para esperar a ver de qué se trataba el grito o bufido que tanto lo desconcertó.
Justo donde moría una loma que limitaba con el “ancón” espero con el arma preparada, estuvo varios minutos prácticamente sin moverse, cuando escuchaba el grito o bufido ponía atención para identificarlo de qué era, llego a pensar que era alguna res que venía quebrando palos, era en tiempo de secas, el monte estaba seco, ardía de tan fuerte que estaba el sol, mientras los gritos y bufidos se escuchaban cada vez más cerca y fuertes donde estaba esperando, cuando de pronto vio una enorme víbora que atravesó a escaso diez metros donde se encontraba, una víbora grande que jamás había visto, con un espesor de unos 40 centímetros de diámetro o espesor y de más de ocho metros de largo, aproximadamente, cabezona, con bigotes, cuando la vio se reservó tirarle un “pajuelazo” con el 25-20, se le hizo muy grande y pensó que a lo mejor no la mataba de un tiro y está lo embistiera, así que no le disparo, espero que desapareciera entre el monte donde iba bufando, mientras la bestia que estaba amarrada en el mezquite no dejaba de relinchar. El suceso se lo guardo por mucho tiempo hasta que me lo confió, me pidió que no se lo contara a nadie, que nadie me iba a creer y dirían que él era muy mentiroso.
Esta anécdota la publique hace unos años, hoy la reconstruyo de nuevo recordándola tal como me la confió, tal cual. Con el tiempo comencé a buscar una explicación de tan extraño suceso especulando que podía ser una boa, un “chan” del agua, algo así como el monstruo del lago Ness., el caso que hasta la fecha no he encontrado una explicación sensata que me satisfaga y convenza. En fin, la vida está llena de misterios que nos siguen intrigando. ¡Que tal!.
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