Por Víctor Octavio García
Mis tiempos
* ….historias que contar
Hace muchos años me platicaron esta historia que hoy le comparto, tantos que no recuerdo quién me la compartió, tratare de reconstruirla en aras de traslaparla con otras historias que me han contado o he sido testigo después de muchos años cuyos parecidos o desenlaces a la luz de la realidad resultan asombrosos. El protagonista de esta historia desde muy chico quedo huérfano de padre y madre siendo rescatado por una tía cuando tenía la tierna edad de 3 años a la que acompaño en aquellas soledades sin fin y ayudo en los quehaceres del rancho hasta los 15 años cuando se independizó e hizo su propia vida.
Su tía vivía en la sierra, sin acceso de camino de carro, solo en bestias o a pie, el rancho estaba asentado en un cañón irrigado por un ojo de agua dulce, un poco de ganado, chivas, borregos, bestias, caballos y burros pa’ transportarse y apoyarse en el trabajo diario del rancho, una pequeña huerta con árboles frutales donde sembraban verduras, habas, chícharo, garbanzo, maíz y frijol para su auto consumo, así como forraje para el ganado, la pequeña huerta se regaban con agua de manantial que traían a través de acequias (sequías) de un venero de agua dulce que nacía en el centro de un palmar, por el agua no tenían problema, más de 4 pulgadas se agua era más que suficiente para regar la huerta, surtir los abrevaderos del ganado y abastecer las necesidades de la casa; cada quince días recibían la visita de un “fayuquero” que los surtía de alimentos básicos, brillantinas, agujas, hilos, telas, zapatos y jabón que pagaban con queso, huevos, carnes secas, pieles y granos cuando tenían buenas cosechas de frijol, maíz, habas, garbanzo y chícharo, de manera que rara vez bajaban al pueblito más cercado que les quedaba a 8 horas en lomo de bestia o todo un día a pie
Apenas fue registrado cuando nació, nunca fue a la escuela y rara vez socializaba con la gente salvo con su tía con quien vivía y el “fayuquero” que los visitaba cada quince días, no obstante que nunca fue a la escuela contaba con una intuición e inteligencia innata, un autodidacta que dominaba como nadie sus oficios de ordeñar, “campear” ganado, acarrear leña, sembrar y regar la huerta, hacer silos con el forraje para el ganado en época de secas, hacer dulces regionales, garrotear frijol, arar la tierra, conocía muy buen los tiempos se siembra y cosecha, en fin desde muy chico se convirtió en el brazo derecho de su tía quien en vida le heredó el rancho, la tía había quedado viuda muy joven y nunca más se volvió a casarse, no tuvo familia y ella era sola, no tenía hermanas ni hermanos, todos habían muerto o se habían ido pal norte, era de rancho, de la sierra, consagro su vida al rancho y a terminar de criar a su sobrino hasta que éste cumplió los 15 años y formó su propio rancho, se independizó.
Cuando se independizó y formó su propio rancho siguió con las mismas costumbres con las que se había criado, siempre solo, huidizo, huraño y entregado a lo suyo, así pasó la mayor parte de su vida remontado en la sierra, tenía un par de perros que eran sus más fieles guardianes, cuando salía pal monte rara vez llevaba arma, siempre se hacía acompañar de los dos perros que lo cuidaban y le eran más útiles que ir cargando un rifle. Impuesto andar en la sierra, donde le oscurecía ahí dormía, en sus ajuares cuando caminaba a pie o en bestia siempre traía una cobija, mecates, cantimplora de agua, machete, cuchillo y fósforos, había veces que se pasaba hasta una semana fuera del rancho alimentándose con palomas, liebres o puercos mesteños que compartía con sus dos perritos. Nunca se casó, ni se le conoció novia, no tenía amigos ni conocidos excepto el “fayuquero” que lo visitaba cada mes, vivía retirado del rancho de su tía que al poco tiempo de independizarse comenzó a decaer, el rancho quedo dentro de las coordenadas de un nuevo ejido que se había formado y eso desanimo a su tía a seguir atendiéndolo, al poco tiempo vendió el ganado que tenía y se vino a vivir a La Paz con una familia conocida, no superó lo que había pasado y al poco tiempo murió sin estar propiamente enferma, más bien de estrés, depresión, agobiada por las nostalgias y los recuerdos.
Pese a que el rancho en vida se lo heredó su tía nunca lo reclamó, siguió su vida de ermitaño esperando el destino manifiesto que les aguardan a los rancheros de vivir lejos de todo y de todos, trabajar mucho, mal comer y esperar la muerte. Solo quienes conocen esta historia, que son muy pocos, saben las generales de la señora y del muchacho así como de los dos ranchos, han pasado tantos años que solo queda un machón verde donde estaba la huerta y de la casa o “juncalito” del rancho no queda nada, la veredera que conducía al rancho se enmotó desapareciendo todo vestigio de lo que alguna vez existió. ¡Qué tal!.
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